Francisco Cabral Bravo

Con solidaridad y respeto a Miguel Angel Yunes Linares, Héctor Yunes Landa y José Francisco Yunes Zorrilla

“México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de fortuna, civilización, cultivo de la tierra y población”. (Alexander Von Humboldt).

El país de la desigualdad. Así se refirió Humboldt a México después de su visita a la Nueva España a principio del siglo XIX. Mucho ha cambiado. Y al mismo tiempo poco. No cabe duda que el aire de nuestros tiempos es la insatisfacción de la amplia mayoría de la población. Las razones y motivos son muy diversos. Los populismos de la derecha o izquierda crecen y se multiplican por el país. El informe sobre Desarrollo Humano en México para el 2016, del Programa de naciones Unidas para el Desarrollo enfocado en desigualdad y movilidad social nos da información alentadora desde cierta perspectiva, pero devastadora al compararnos frente a los demás países e incluso dentro de nuestro mismo país. La desigualdad es un tema que preocupa a México. Nos encontramos en el lugar 30 de los 34 países de la OCDE.

Para corregir estas desigualdades, los países tienen a la mano herramientas de política pública como los impuestos y transparencias que, si se usan de forma correcta y eficiente, pueden ayudar significativamente a disminuir a la brecha entre los sectores con mayores ingresos y de los menores. Si la política fiscal es eficiente en este ámbito, es decir, si los impuestos se aplican de forma adecuada y progresiva y las transparencias sirven para el propósito para el cual han sido diseñadas.

México es el país más desigual entre los miembros de la OCDE. Así es la eficiencia y la eficacia de nuestras políticas de redistribución de la riqueza. México se encuentra dando vueltas en este círculo vicioso. Pero ha habido avances y es importante mencionarlo. En términos absolutos, ha mejorado el desarrollo de los mexicanos. El índice de Desarrollo Humano ha mejorado en el tiempo. Ha habido logros importantes en salud y en educación. Pero la buena noticia tiene un aspecto contrastante. Si bien ha habido mejoras y se vive más, conforme se avanza en edad, se vive peor. La desigualdad aumenta en la medida en la que la población va envejeciendo. El avance ha sido lento si nos comparamos con otras economías. Mientras nosotros caminamos otros van corriendo. Jamás podremos cerrar esa brecha si no aceleramos el paso. Pero al ver las políticas públicas que seguimos aplicando, no se percibe ningún sentido de urgencia. Hablamos mucho de la reforma educativa, pero no del contenido y la calidad de los años de estudio. Se han gastado billones de pesos en el combate a la pobreza y en programas de desarrollo social desde hace décadas y el porcentaje de población en pobreza es prácticamente igual al que teníamos hace 20 años.

Como bien dice el informe, la movilidad de México se observará en la movilidad de los mexicanos. Hoy tenemos la misma desigualdad y probablemente la misma movilidad que teníamos hace siglos cuando éramos la Nueva España. ¿Nos daremos cuenta de la urgencia o seguiremos esperando?

Cambiando de página decía mi abuela: “La estupidez, como el amor de una madre, es infinita”. En México se graba para no olvidar. Se graba por razones de amistad, de amor y de alegría. Así algunos grabamos aquello que queremos conservar para traerlo a nuestras vidas cuando la nostalgia o el ánimo de recuperar buenos momentos así lo requiera. Pero también se graba para destruir. Se graba a los considerados enemigos, adversarios, contrincantes. Las grabaciones que abundan particularmente en las campañas políticas se han convertido en una práctica tan común como ilegal.

Aquí violar la ley resulta lo de menos. Lo importante es “cachar” una conversación que pueda ser instrumento para aniquilar o al menos desprestigiar y restar puntos al de enfrente.

Si para ello hay que editar, pues que se edite. Mientras que el mercado se alimente de aquellos que graban para destruir y de quienes publican y hacen posible estas filtraciones con total impunidad, podemos estar seguros de que a esta hora muchas grabadoras están haciendo lo propio en diversos rincones, lugares, espacios del país. Se comenta ya casi con naturalidad que hay asuntos que sólo pueden decirse en persona porque seguro “nos están grabando”, porque “hay pájaros en el alambre”, porque ya no tenemos medios seguros para decir lo que sentimos, lo que sabemos o lo que queremos.

Estas grabaciones juegan contra la confianza y la fortaleza institucional, juegan contra la democracia y el ejército de las libertades. También se graba para sobornar, extorsionar y/o amenazar.

Se graba para denunciar, para hacer públicos actos que indignan y generan hartazgo. Así nos hemos enterado de los llamados lords y ladies que muestran ese rostro de prepotencia, discriminación, clasismo y un gran déficit de cultura de legalidad. A ratos creo que en muchos de nuestros actos o pensamientos hay un lord o lady que llevamos dentro.
También hay grabaciones que matan y tienen que ver con una nueva manera de vivir.

Para millones de jóvenes y no tan jóvenes la vida sólo tiene sentido con su celular o computadora en la mano o simplemente no hay vida. Es para muchos de ellos un órgano tan indispensable como su corazón o el aire que respiran. Graban todo aquello que les atrae, incluidas las fiestas, los antros, sus viajes. Suben fotos y grabaciones a la nube como olvidando o queriendo ignorar que alguien más lo verá. Hay quienes graban momentos íntimos porque simple y sencillamente así lo decidieron. Sé de casos en que una apasionada novia envía fotos desnuda a su supuesto leal novio, y más tarda la consabida enamorada en darle send, que el receptor en presumirlas y mostrarlas como un trofeo de caza.

Todo este terrible acoso en las redes sociales ha provocado suicidios en muchos de estos jóvenes que se han encontrado en circunstancias similares, y que ponen al descubierto que los ataques y burlas superan ya a las propias redes sociales.

Debemos cuestionarnos qué está sucediendo en nuestra sociedad para arrinconar a una persona hasta llevarla a tomar la decisión de quitarse la vida.

Y a la vez, estos dolorosos casos deben hacer reflexionar a jóvenes y adultos sobre las consecuencias de subir y compartir en esa nube, en esa inmensa ventana global, aquello que puede terminar por lastimar y provocar un enorme sufrimiento.

Y la pregunta queda en el aire, grabar, ¿para qué? Para la vida; para destruir; para denunciar; para matar. No es una pregunta menor.

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