Con solidaridad y respeto a Miguel Angel Yunes Linares, Héctor Yunes Landa y Pepe Yunes Zorrilla

Francisco Cabral Bravo

1- Un ciclista que cumple con la ley transita por el carril de bicicletas, que hace lo correcto.
2- Un mirrey que con prepotencia e irracionalidad actitud invade el carril de las bicicletas y empieza a golpearla para sacarla de su camino.

Esta primera agresión terminará en una cadena de ofensas y agravios. Un ministerio público que tardó casi 12 horas en aparecer. Un sistema de justicia colapsado y que al final por su ineficacia termina jugando del lado del agresor y no de la víctima. En palabras coloquiales un ministerio público que grita a los cuatro vientos: “si saben contar no cuenten conmigo”.
Y en palabras del mirrey, un memorable y vergonzante corolario: “¡Esto es México wey”!
En México donde quién tiene instrumentos que le dan poder, llámese poder político, poder económico, empieza por agredir al ciudadano que cumple la ley y paga sus impuestos.

Ahí están algunos gobernadores, legisladores y alcaldes, que echan su maquinaria de poder, abuso y amenaza a los ciudadanos; ahí están los empleados públicos que en ventanilla maltratan a quienes pagan su salario. En este renglón, la lista puede ser interminable. ¿Tiene la corrupción una función dentro de la política? Lo pregunto no para embelesar el escrito, sino planteando una duda genuina.

En un extraordinario artículo en el último número de la revista The Atlantic, Jonathan Raunch analiza cómo el proceso de “limpiar” la política ha tenido un impacto negativo en la capacidad de los partidos para premiar la lealtad de los legisladores. El surgimiento de financiamiento de campañas utilizando redes sociales, han dotado a los políticos con una autonomía que se ha traducido en parálisis.

Al no haber lealtad hacia la dirigencia del partido, deja de haber interlocutores con los cuales negociar, deja de existir la posibilidad de moderación de un quid pro quo amplio capaz de beneficiar a ambos bandos. Cada legislador hará lo que incremente su posibilidad de reelección.

Claro, podríamos argumentar que la diferencia entre el “pork barrel” de un legislador estadounidense y el voto que vende uno mexicano, es que en el primer caso el objetivo es el premio para el distrito, y en el segundo para su propio bolsillo. Sin embargo, vistos desde afuera el proceso de limpieza parecía inocuo. Se ha vuelto imposible para el Ejecutivo gobernar.

Qué pasaría si en México, por algún milagro surgiera un movimiento real y emponderado para lanzarse tras de todo político corrupto, todo acto de corrupción o de conflicto de interés evidente. ¿Cuántos miembros del gabinete, gobernadores, alcaldes, senadores, diputados, jueces, ministerios públicos y policías caerían? ¿Cuántos empresarios? ¿Podría funcionar el país detrás de tal terremoto? ¿Quién queda para apagar la luz?

La corrupción masiva, como la de México, es una extraordinaria barrera de entrada.
Los primeros opositores a la reforma energética, por ejemplo, fueron decenas de empresas que ya tenían bien armado el sistema de “pagos a funcionarios y sindicatos de Pemex”.

Muchos empresarios que dependen de actividades concesionadas, prefieren no agitar las aguas. Preferirían apoyar una lucha “light” contra la corrupción, que permita que prevalezca un statu quo altamente rentable; que no haya nuevas reglas o competidores.

México está a años luz de un combate real contra la corrupción. Sí, se dan pasos importantes, como la ley 3 de 3 o el Sistema Nacional Anticorrupción. Pero carecemos de fiscales con el nivel de autonomía y convicción que en otros países. Mucho del apoyo actual es “de saliva”, sabiendo que un cambio de fondo será complicado. Si pareciera factible, saldrían del clóset muchos opositores.

El hartazgo de la sociedad puede desencadenar cacerías de brujas, particularmente si ésta ocurre en medio de una crisis política o económica fuerte. Si queremos acabar con la corrupción en forma constructiva y sin desencadenar una debacle, necesitamos de un cambio institucional profundo. Requerimos de mucha mayor independencia del aparato judicial, de cortes mucho más profesionales, de jueces mucho más preparados y algunos especializados en temas concretos.

Y, probablemente, y con todo el dolor de nuestros corazones, requerimos también de una amnistía que evite que todo aquel que tenga cola que le pisen, bloquee todo esfuerzo real.

En México nos tropezamos continuamente con esas colas en todos lados y todos los días.
Un México tan cansado y enojado del abuso, un México de ciudadanos que sí cumplen con la ley y están decididos a denunciar y exhibir a quienes intentan atropellarlos.

Un México que, frente a un trágico sistema de justicia, ha convertido a las redes sociales en la arena que convoca a otros ciudadanos para que la impunidad ya no sea la práctica cotidiana.

Un México donde la solidaridad es ya el camino para evitar que el resto se colapse y que el agredido no viva en absoluta soledad y frustración al atropello.

Y un nuevo país de redes sociales que, con sus claroscuros, se han convertido ya en la vía de denuncia. En la única vía para que responda la autoridad competente y el intocable deje de serlo.

Este es sin duda el México de la esperanza y del cambio real, el México con un ejército de ciudadanos que han decidido no dejarse atropellar. Es el México que rechaza la impunidad y se solidariza.

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