Paralaje

Liébano Sáenz/

Las formas, modos y contenidos del mensaje del presidente Donald Trump ponen a prueba la prudencia. El exceso retórico del populismo que recurre a las generalizaciones y a los argumentos maniqueos ha sido utilizado por el presidente de EU desde su campaña electoral para hacer de México y los mexicanos una mala e inaceptable caricatura que provoca un sentimiento de rechazo nacional.

Las autoridades mexicanas han asumido un elevado costo político por apostar al diálogo y actuar con calculado cuidado frente a los excesos y desplantes provocadores del mandatario estadunidense. La indignación que se respira en las calles no necesariamente es lo mejor para un gobierno, y menos en materia internacional. Los opositores, como es natural, le han cargado la mano al presidente Peña.

Es cierto que en el tránsito de candidato a presidente no hubo cambio, todavía peor, las expresiones del llamado discurso inaugural y las designaciones de su gabinete despertaron preocupación. Las circunstancias de una postura que pasó de ser personal a política de Estado generó un conflicto diplomático que obligó al presidente Peña a suspender su entrevista y a reiterar que México no pagaría por el muro propuesto por su contraparte. Por su parte, Donald Trump solo le ha bajado unos decibeles al tono de su principal propuesta de gobierno, pero insiste en que encontrará la manera para que no sea el contribuyente estadunidense quien costee una obra para protegerse, supuestamente, de un enemigo externo. A su juicio, México y los mexicanos.

Pero la comparecencia de Trump ante el Congreso estadunidense ofrece así sea muy lejanamente un cambio que quizás sea algo más significativo de lo que ahora se aprecia. La realidad es que cualquier proyecto político genera una tensión entre lo que se pretende y lo que se hace; entre lo que se cree y lo que es; entre lo que se postula y lo que se practica. Conforme más radical es el proyecto, mayor es la distancia entre ideología y pragmatismo. Inevitablemente un proyecto como el que estamos viendo enfrentará múltiples dilemas para, al final, descubrir una realidad: México es un aliado imprescindible en materia de seguridad y es un socio confiable, por cierto, también muy útil en el objetivo de volver más fuerte a Norteamérica, el eje del proyecto Trump.

La buena noticia es que en el entorno del nuevo gobierno parecen ganar terreno quienes hacen de la economía el centro de atención frente a lo ideológico. Cuidar la economía es privilegiar la competitividad, y para ello es indispensable la presencia de la fuerza laboral mexicana, igualmente la proveeduría de las empresas de y en México. Libertad de comercio y mexicanos en EU son parte necesaria para que las empresas estadunidenses puedan ser competitivas. Además, un efecto de la política fiscal favorecedora a la inversión, que es lo que se espera, fortalecerá al dólar y esto repercute en la competitividad de la economía estadunidense. Casi como aritmética, se puede anticipar que de ganar terreno el objetivo económico, la perspectiva hacia México será más positiva de lo que hasta ahora se percibe.

Pero no debe haber espacio a la confianza, y la negociación con el vecino deberá hacerse desde una posición firme, de fuerza, pero sin aspirar a que nos compren lo que nunca nos han dado, “toda la enchilada”. Para ello es preciso tener claridad no solo de los principios y valores indeclinables, también de las ventajas que tiene México y sus cartas fuertes respecto al vecino en todos los temas: seguridad, comercio, migración y política ambiental. También debe hacerse una revisión de muchos puntos que se han vuelto fijación y que sin ser imprescindibles, distraen atención para resolver lo fundamental.

Así, por ejemplo, la pretensión de ciudadanizar a los mexicanos en Estados Unidos no necesariamente debe ser vista como un objetivo; lo realmente relevante es el respeto riguroso e indeclinable a sus derechos humanos y su trato digno. Deberán explorarse vías que funcionaron en el pasado pero que se olvidaron, como son los esquemas de empleo temporal. Esto beneficia al migrante y también a las dos naciones. México, por su parte, no pierde un capital humano necesario para el desarrollo de muchas de sus regiones, algunas de ellas muy pobres. La idea de una reforma migratoria es competencia del país vecino y seguramente atendería a la necesidad de certeza a la fuerza laboral, resolviendo el problema de la ilegalidad.

Otro aspecto que nos puede estar distrayendo de los temas fundamentales es el de los llamados “bad hombres”. Seguramente hay mexicanos con antecedentes penales en suelo estadunidense, como también existen estadunidenses que en el intento de sustraerse de la justicia, han huido a México. Son una minoría que en interés común de las naciones debe llevárseles a la justicia. Para México el interés no solo debe ser en torno a delincuentes convencionales, sino a personas que han defraudado miles de millones de pesos y que han encontrado de alguna forma santuario en el país vecino. Sería un gran paso para la procuración de justicia que estos casos singulares fueran de atención prioritaria y se atendiera desde ya la solicitud de las autoridades mexicanas. Una persona con actividades delictivas debe ser sometida, aquí o allá, a la justicia.

Esos temas son importantes, pero no deben convertirse en muros infranqueables para el diálogo diplomático entre los dos países. Lo que se requiere es hacer el esfuerzo conceptual y político para definir los espacios comunes y de encuentro entre México y Estados Unidos. Para ello hay que impedir que la retórica se imponga y que nos distraiga de los objetivos fundamentales. Allá no solo ha habido poco comedimiento, sino actos de franca provocación que han movido a la sociedad mexicana a la indignación. Sin embargo, insisto, el gobierno debe conducirse por el camino de la prudencia, con firmeza en los temas que son sustanciales.

Por ahora, creo que no hay que anticipar desenlaces. Lo crítico es observar con cuidado los cambios que se están dando y prever escenarios para no comprometer al país por la falta de visión y perspectiva. Lo hemos dicho: México tiene fortalezas significativas, incluso para enfrentar con éxito escenarios extremos.

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