Sin tacto

Por Sergio González Levet

Baches (2)

Un estimado (lo son todos) y fiel (lo son casi todos) lector me envía un correo electrónico en el que borda alrededor del tema de los baches que adornan y conmueven a la ciudad de Xalapa, lo que medio traté en la pasada entrega de “Sin tacto” y que don Abundio San Juan (seguro es un seudónimo, por su evidente factura juanrulfesca, cuya identidad real respeto, porque no se mete de malos modos con nadie) complementa de mejor manera que yo, lo que le agradezco.
Para no andarle jugando a la busca de sinónimos y de construcciones sintácticas que no se repitan, como sucede en los boletines de prensa que pormenorizan lo dicho por otro, de plano le cedo la palabra a don Abundio, agradecido porque me evitó la pena de escribir en un viernes que se me estaba volviendo inenarrable.
Obvio las comillas con el simple comentario de que en adelante solamente reproduzco el texto del inteligente correo que me llegó, con algunas modificaciones mínimas, que consideré necesarias para facilitar su entendimiento.
Leí con gusto y detenimiento su escrito sobre los baches xalapeños, aunque tengo que reprocharle que al hablar de ellos (bueno, al escribir, si hemos de ser precisos), usted se quedó en el terreno de lo material, aunque usa palabras muy bonitas en sus descripciones y hasta se recarga en textos de poetas grandes como José Emilio Pacheco.
Sí, conozco el poema Un Gorrión, que es corto y por eso lo reproduzco nadamás por el placer de leerlo:
Baja a las soledades del jardín
y de pronto lo espanta tu mirada.
Y alza el vuelo sin fin,
alza su libertad amenazada.
Coincido con usted en casi todo lo que dijo, escribió, sobre los baches, pero le faltó decir que de tanto ser parte de nuestra vida han llegado a tener corazón y a despertarnos sentimientos.
Mire usted, la semana pasada, unos señores acomedidos taparon un bache que está en la curva antes de llegar a los moteles de la salida de la Central de Abastos. Yo todos los días caía en él y no me lo va a creer, pero creo que me dio una especie de Síndrome de Estocolmo, porque le empecé a agarrar cariño al agujero asfáltico, no obstante que me costó dos pares de llantas, dos amortiguadores, una facia y una salpicadera, porque todos los días se me olvidaba ese hoyo enorme y caía ingenuamente otra vez en él. Se me hace que le agarré el mismo amor que a mi ex esposa, que me dejó prácticamente en la calle cuando nos divorciamos, y es el día en que no puedo olvidar a la ingrata, aunque ya han pasado tres años desde el día que me abandonó a la mala.
Hay otros baches que son una caricia, porque hacen que el coche tenga un muelleo que da cosquillas en la columna, y acarician la espalda y el cuello al pasar por ellos.
Amor, agradecimiento, ensoñación nos provocan ciertos baches, y otros, como la canción de Los Panchos, solamente nos dejan “ansiedad, angustia y desesperación”.
Yo creo que el mundo no sería igual de emocionante sin los baches, y hasta veo con disgusto cuando alguna cuadrilla del Ayuntamiento se pone a rellenar esos sitios que nos exigen concentración, cuidado y atención, cuando manejamos o cuando vamos de pasajeros.
Sí se me hace exagerado el doctor [Luis Álvarez] Frutis cuando dice que nos puede dejar ciegos pasar por un bache sin la precaución que se necesita, pero yo lo he consultado por otros motivos, y la verdad es un señor que sabe su profesión, lo que me hace dudar si no será cierto eso.
Bueno, señor (González) Levet, le agradezco la atención prestada, y le prometo mi reconocimiento.
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