AGENDA CIUDADANA

Rebecca Arenas

Tras los idílicos años de nuestra relación con los Estados Unidos, en el marco del TLCAN, una zona de confort y beneficios mutuos, que borró de muchas mentalidades, sobre todo de las nuevas generaciones, la visión de los Estados Unidos como un gigante amenazador, que nos arrebató la mitad de nuestro territorio, dispuesto siempre a la ventaja en nuestra relación asimétrica, ha vuelto a cobrar vigencia en la mente de los mexicanos, tras el arribo de Trump.

Al igual ha empezado a prevalecer en la gran mayoría de los mexicanos, la conciencia de que ante la crisis interna y externa que estamos enfrentando, nadie va a venir a salvarnos, la única opción real está en nosotros mismos, por ello estamos obligados a repensarnos, a asumir con objetividad lo que somos, lo que tenemos, y lo que estamos dispuestos a hacer, para sobrevivir ante la actual coyuntura de crisis, de la mejor de las formas posibles.

Si somos objetivos, no es grata la imagen que obtendremos de nuestro proceder actual. A pesar de nuestro itinerario histórico de reconocimiento a la cultura de la producción y del trabajo; de reconocimiento a la democratización educativa como fuerza impulsora de la igualdad; de la existencia de una gran clase media, representación evidente de la movilidad social ascendente, y a pesar de nuestra heroica cohesión como Nación que nos hizo capaces de darnos a principios del siglo pasado, la primera Constitución Social de todo el continente, nos ha faltado, prácticamente desde siempre, cultura de la legalidad, porque nuestra tradición liberal democrática se ha visto sometida invariablemente, a las estrategias y dictados del poder en turno.

Como pueblo, poseemos muchas cualidades, pero también muchos vicios y defectos que nos han impedido salir adelante en un mundo donde la competitividad no se alardea, se demuestra, porque la globalización informática actual permite que se conozca todo lo bueno y lo malo en la conducta de un pueblo. Nuestro desapego a la ley, el incumplimiento de las normas, los privilegios fácticos, los déficits institucionales y la cultura de la tranza con todas sus secuelas, que han contribuido al creciente agravamiento de nuestra crisis social, todos, se conocen en el orbe, y esto ha sido un obstáculo que nos ha impedido crecer, y lo seguirá siendo, a menos de que ante la coyuntura crítica que hoy enfrentamos, tomemos la decisión de empezar a cambiar en serio.

Y conste que no se trata de repartir culpas generacionales, ha sido una dinámica histórica muy desafortunada la que traemos a cuestas como pueblo, en donde, la debilidad del imperio de la ley, la manipulación de las virtudes republicanas según la conveniencia del momento, la discrecionalidad y la ausencia de transparencia en el poder político, entre otros, han promovido a lo largo de toda la pirámide y de toda nuestra historia, los peores rasgos de nuestra personalidad como sociedad : la opción por el atajo, el culto a la ventaja; la elusión y evasión impositiva, la existencia de pequeñas y de grandes mafias como forma de subsistencia o enriquecimiento, y rematando este catálogo de excesos y desvíos, la impunidad, que equivale a una licencia para seguir delinquiendo.

Todo esto nos ha llevado a la erosión sistemática de las capacidades estatales, pero también a la erosión del alma comunitaria. Ni en el gobierno ni en la sociedad han habido interlocutores sólidos, legítimos, confiables, capaces de lograr un orden social consensuado y armónico.

Cuando voces desde el exterior definen a nuestro país como una sociedad corrupta, la reacción colectiva es de repulsa al agravio, aunque en nuestro interior asumamos a la corrupción como un mal nuestro endémico, incurable.

¿Cómo pedir la aplicación de la ley, si en México ni los funcionarios públicos ni los gobernantes corruptos pisan la cárcel; si los delincuentes actúan a sus anchas porque no hay autoridad que los juzgue y castigue? ¿Con qué autoridad piden la aplicación de la ley quienes se han coludido con los salteadores institucionales y privados?

La construcción de un orden colectivo a favor de la legalidad requiere de políticas incluyentes, de trabajo decente, de justicia distributiva. Pero también necesita de un nuevo relato de nuestro acontecer; de una nueva explicación que nos ayude a ser diferentes a lo que hemos sido, que nos ayude a comprender el camino recorrido y a reconocer los retos que enfrentamos. No se trata de un cambio sólo en la cúspide del poder, sino también en la base de la sociedad. Se trata de transformar la dimensión cultural de la política para que trascienda los períodos de gobierno y nos haga ver el presente desde una nueva perspectiva.

En el tiempo de la Historia, la crisis que hoy enfrentamos con los Estados Unidos es solo una coyuntura. Necesitamos repensarnos para el hoy y el mañana. Estamos obligados a recomponer nuestra imagen ante nosotros mismos. Abrirnos al debate sin miedos estériles, como la prioridad de una sociedad que quiere y necesita cambiar, al lado de un gobierno que sea capaz de predicar con el ejemplo. La coyuntura puede ser sumamente riesgosa si no empezamos ya.

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