Paralaje/

Liébano Sáenz/

El descontento por el incremento en el precio de los combustibles ha sido el signo de la semana primera del año. Se acompaña de manifestaciones públicas y de actos vandálicos que aunque aislados, han cobrado relieve en las redes sociales mucho más allá de lo que acontece. La realidad virtual del mundo digital desplaza a los hechos y crea un ambiente de psicosis que altera la tranquilidad y que por el miedo que propicia, ha alterado la normalidad de personas y negocios. Los hechos vandálicos se sobredimensionan y esto en sí mismo genera consecuencias perniciosas.

Esto acontece en medio de una crisis seria, profunda y amplia de las instituciones públicas y sociales. Los ataques se centran en el Presidente, lo cual parece natural porque es quien personifica la institución más relevante del sistema de gobierno y de representación política. Sin embargo, en este caso el problema refleja también la pérdida de fuerza y confianza de los medios de información otrora dominantes, la prensa, la radio y la Tv.

La credibilidad que las personas le dan a las imágenes e información que circula en los móviles es abrumadora a pesar de que en la mayor de las veces es exagerada, son hechos aislados y en algunos casos francamente falsos. En particular deben preocupar los casos que ha identificado la autoridad de arengas al desorden y al vandalismo, lo que debe diferenciarse con claridad del derecho legítimo a la crítica y protesta. A todo esto se le añade el grosero escarnio que se hace a autoridades en un desahogo colectivo que si bien comprensible, en nada contribuye al momento que se vive y que, lo que es peor, abona a un sentimiento negativo y destructivo que no le convienen al país.

Como tal, en los acontecimientos convergen dos inercias: la crisis de confianza y credibilidad de las instituciones públicas y sociales, así como el cambio en la sociedad, con una tecnología al acceso de cualquiera, que le otorga una perspectiva diferente a las cosas, a los problemas y renueva las formas de exigir a las autoridades. No es que haya en los desórdenes una conspiración en el sentido de una voluntad perversa que promueve y articula el caos; lo que sí hay es una realidad disruptiva que se recrea en las redes sociales y que ante acontecimientos de sensibilidad como el incremento de precios y el malestar que le acompaña, genera flujos de información y comunicación que, por una parte, dan un curso emocional al enojo y, por otra, reproducen y interpretan de manera desproporcionada las manifestaciones de rechazo y los actos vandálicos asociados.

En este contexto el mensaje político tiene poca eficacia. Menos cuando se remite a la razón y no se acompaña de acciones claras y concretas que hagan sentido al gobernado. El gobernante encara una doble dificultad: la ineficacia del mensaje y la predisposición hostil de las redes sociales a todo lo institucional. También es necesario destacar que a pesar del enojo y de la desconfianza, la mayoría de las personas no compra la idea que ha circulado en redes de que es el gobierno quien está propiciando el ambiente de miedo con objetivos políticos autoritarios y, por otra parte, repudia a los vándalos que se aprovechan del rechazo al incremento de combustibles.

La situación debe preocupar a todos. En fechas pasadas un directivo de un influyente medio de comunicación advirtió sobre los riesgos y peligros de la información digital por apartarse del rigor propio del periodismo. Los hechos recientes lo muestran, aunque no lo prueban. Es cierto, se requiere madurez y fortaleza de la sociedad frente a la información digital. Confío que es un proceso de aprendizaje y por ello es muy importante que los acontecimientos sirvan de didáctica social para mejorar la manera como procesamos y digerimos la comunicación en estos tiempos. No asumir un criterio pasivo que dé validez a todo lo que allí circula, corroborar con la información periodística profesional digital o convencional, tener criterio propio sobre la realidad y los hechos. Esta es la única manera para impedir que la realidad virtual se sobreponga a lo que acontece y que sus efectos disruptivos sean potenciados de manera positiva.

Las razones del aumento de las gasolinas son técnicamente sólidas y representa una decisión muy difícil pero indispensable para mantener la estabilidad macroeconómica. Pero para efectos de comunicación gubernamental, debía tenerse en claro que la memoria de crisis económica prácticamente ha desaparecido del imaginario colectivo. La última se padeció hace más de dos décadas, asociada a una política monetaria que no se quiso ajustar por razones de oportunismo político frente a eventos desestabilizadores como el magnicidio del Luis Donaldo, el levantamiento zapatista y el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.

Que las razones del incremento sean válidas y atiendan a un criterio de elemental responsabilidad, para el público no las hace convincentes, no se creen y casi todos asumen que son injustas. Tampoco tiene recepción la tesis de que el subsidio que se retiró solo beneficiaba a los que tienen mayores recursos o ingresos. El desencuentro entre las autoridades y la sociedad ocurre porque las razones no sirven para responder a un estado emocional. Ya desde hace tiempo, con insistencia, hemos referido al singular estado de ánimo o humor social de la población. Esta circunstancia obliga a una estrategia de comunicación e información diferente, porque se está ante una sociedad distinta, que procesa los datos y tiene una interacción social diferente.

Los desafíos de la comunicación y de la información son abrumadores. No hay soluciones mágicas ni sencillas frente a un escenario inédito y donde los instrumentos convencionales han perdido eficacia y hay una carga emocional de descontento y desencanto. De parte del gobierno hay pistas para abonar al reconocimiento y a la recuperación de credibilidad: menos palabras y más acciones que acrediten la lucha contra la impunidad en todas sus manifestaciones, y un gobierno austero y eficaz para hacer frente a las necesidades y aspiraciones del mosaico social que somos los mexicanos.

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