Sin tacto

Por Sergio González Levet

-Ahora yo fui el que estuvo un rato solo –me recibió el maestro como saludo, porque me había ganado en llegar por cinco minutos— y te puedo asegurar que no me sentí sin compañía en ningún momento. Y no es que goce la soledad, sabes lo sociable que soy por naturaleza, pero a cada ser humano le conviene disfrutar exclusivamente de su propia persona, y eso solamente lo consigue alguien cuando se abstrae de sus semejantes, aunque esté en un lugar tumultuoso.

-Perdón, maestro, pero a mí también me retrasó el tráfico, aunque no tanto como a usted ayer. Pero me decía de la soledad…
-Que es un lujo que cada vez podemos darnos menos, porque el hombre contemporáneo ha terminado por desarrollar un miedo absurdo a estar solo, y ésa es la razón por la que muchas veces comete el error de aceptar las peores compañías.

-Sin embargo, conozco a grandes solitarios que parecen vivir felices en su misantropía –tomé la palabra-. Hoy mismo me enteré del caso de una mujer entrada en los sesenta años que de un día para otro abandonó a su marido, con el que tenía 40 años de casada. La razón que le dio fue terminante: quiero vivir sola, siempre lo he querido hacer, porque no soporto la compañía de las personas, sus pláticas absurdas o aburridas y esa obligación de contestarles o contarles cualquier cosa para dar la sensación de que me interesan algo, lo cual se aparta absolutamente de la verdad, y a mí nunca me ha gustado decir mentiras.

-Ahí tienes un caso –mi mentor me interrumpió amablemente—de una persona como hay millones que sin odiar a la raza humana, no ha logrado conectar sus emociones con nadie. Son seres son emoción, sin amor; el sumun del egoísmo, pero un egoísmo no agresivo, sino pasivo. Los anacoretas caen en esta clasificación, aunque ellos alegan motivos místicos. “Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”, decía Santa Teresa de Jesús y multitudes han estado de acuerdo con ella a lo largo de los siglo, aunque no por razones de la lógica católica.

-Interesante su punto de vista –le dije–, pero no me queda claro si usted en realidad está haciendo un elogio de la soledad, cuando siempre lo veo gozando la compañía de sus múltiples amistades. No me diga que no disfruta estar acompañado.

-No, para nada. Cómo crees. Me declaro un incorregible ser social. Soy el hombre más feliz del mundo cuando disfruto la compañía de personas inteligentes. Platicar con gente así es mi mayor satisfacción y la mejor forma de justificar mi existencia terrenal…
El maestro se ensimismó en su dicha, sonrió para sí, sumergido en una idea que le gratificaba grandemente hasta regresó a la realidad y concluyó sus pensamientos:

-Soy partidario de la compañía humana. La gozo. Pero no me cae nada mal cada cierto tiempo alejarme de mis semejantes, conversar conmigo mismo como lo hacía Machado y ponerme de acuerdo con mis propios pensamientos. La soledad, te lo repito, es un lujo que cada día podemos darnos menos, porque no hay peor obstáculo para ella que todos los aparatos que hoy nos mantienen conectados con el mundo, con todo mundo, con todo el mundo. Una persona que está metida en su celular, en su tableta electrónica, en su computadora, en realidad no está sola sino que está conectada con la humanidad y con su propia humanidad a través de la tecnología prodigiosa que ha convertido el vasto planeta en la aldea global que preconizó Marshall McLuhan, que no obstante que fue un farsante intelectual sí le atinó al enunciar está ocurrencia, que se volvió tan famosa.

-Entonces, usted considera que es bueno ser sociable, aunque no tanto…

–Hay que ser muy sociable, totalmente sociable. Tenemos que interactuar con nuestros prójimos lo más posible. No obstante, una cierta dosis de soledad a nadie le cae mal. Y por cierto, ahora me toca mi toma de este singular medicamento para la mente y el alma.
Y se fue sin decir nada más.

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