Paralaje/

Liébano Sáenz/

No son pocos ni menores los mslquerientes del presidente de México. No me refiero al humor social propio de estos tiempos, que castiga al gobernante de manera severa y que ignora sus resultados. En la actual circunstancia, hay que observar además a los enemigos gratuitos o interesados que tiene una administración que corre su quinto año del sexenio en un entorno internacional plagado de incertidumbre. En el afán de cobrar afrentas, pasar facturas o tratar de descarrillar por consigna o conveniencia política, esos enemigos no deparan en el daño que puedan hacerle al país. Este ha sido el caso del supuesto contenido de la llamada entre los presidentes Trump y Peña Nieto.

La experimentada periodista Dolia Estévez, conocedora como pocos del mundo político en Washington, hizo eco de una versión cuestionada y cuestionable en la que supuestamente el presidente de EU maltrataba a su par y le amenazaba con el cargo de enviar tropas estadunidenses, bajo el supuesto infundado del temor de las fuerzas armadas mexicanas para hacer frente al crimen organizado. La versión fue propalada en entrevista con Carmen Aristegui. No importa el prestigio de la fuente, el periodista tiene la obligación de verificar y poner toda su experiencia, como la tienen Carmen Aristegui y Dolia Estévez para no ser pieza de un juego en el que solo su imaginario les hace sentirse jugadores.

Carmen, Dolia y Associated Press fueron, sin querer, no tengo duda, piezas de un juego ajeno. A las pocas horas de la interesada filtración, AP tuvo que matizar lo señalado, una manera amable de decir que fue objeto de engaño y consecuentemente de manipulación. CNN, casa de prestigio para la que trabaja Aristegui, dio una versión diferente del mismo pasaje. Lo cierto, según pudo definirse con el paso de las horas, es que la información filtrada tergiversaba los hechos y fue sembrada con un deliberado propósito que poco tiene que ver con el interés de México. Como es común, las redes sociales se recrearon en la mentira y uno que otro medio hizo eco de la falsedad.

Ya se dijo hace tiempo. La amenaza que representa Donald Trump lo es para todo el país, no solo para el gobierno o para el Presidente. Es mucho lo que está de por medio y esto implica cuotas de responsabilidad mayores, incluso por quienes tienen declarada públicamente su enemistad con Peña Nieto. Blindar al país de la agresión es tarea de todos. La amenaza, hay que insistir, es real e inédita. Lo es para México y también para el mundo. Lo que está de por medio no solo son los intereses económicos, sino la soberanía nacional, así como los derechos humanos de nuestros connacionales. Todo se puede esperar y por ello hay que estar alerta.

La libertad de expresión y la crítica al poder no excluye la responsabilidad y el cuidado que se deberá tener en la nueva realidad a la que ingresa el mundo con Donald Trump en la Presidencia. Quizás para algunos el ejercicio del oficio es lo único que vale, sin importar que, sin proponérselo, se vuelvan piezas de un juego ajeno que tiene como objetivo someter a México y a los mexicanos a través de la presión sobre quien nos representa. No es la unidad a ciegas ni mucho menos incondicional lo que nos plantea el momento; lo que demanda es justamente conciencia de todos los actores, públicos y privados, incluidos los medios de comunicación, del reto que nos toca afrontar.

El gobierno ha actuado con obligada prudencia frente al difícil entorno que vivimos. Es explicable que el señor Trump candidato y ahora Presidente despierte reserva y rechazo en México y en el mundo, pero el gobierno debe actuar con inteligencia, así siga exasperando a algunos. Lo importante es tener claridad de qué es lo que se debe cuidar y defender, y que el explicable deseo por una buena relación no se vuelva en contra de una buena negociación.

En el marco del diálogo se debe entender que la contraparte no tiene apego a las normas convencionales de la diplomacia y hasta de la decencia política. De hecho, el magnate que habita la Casa Blanca ha abierto muchos frentes y muchos desearían que fuera México quien sirviera a la causa de ellos, provocando un desgaste del nuevo presidente estadunidense. En ese sentido, no deja de ser muy sospechosa la filtración de supuestas transcripciones de la llamada. Una línea apunta al error político del equipo cercano, los duros de Trump, quienes en el deseo de darle imagen o fuerza al Presidente en la nueva diplomacia internacional, manipularon informes y generaron una bola de nieve que se les revirtió porque hasta para los más radicales republicanos, la posición es, por donde quiera que se le vea, un exceso.

La agencia AP ha tenido que corregir porque advierte que lo que dijo el día previo no se corresponde a lo que ocurrió. Fue objeto de manipulación por esos intereses que están en competencia, incluso dentro del mismo equipo del nuevo Presidente, no necesariamente por quienes se advierten amenazados y quieren que México sea la punta de lanza que acelere el proceso natural de desgaste de la imagen de Trump que en apenas una semana ya han comenzado a registrar las encuestas.

Lo importante es que México en su conjunto —gobierno, sociedad organizada y ciudadanos— debemos aprender a actuar en un escenario no solo incierto, también amenazante. Se trata de tener visión de largo plazo, con la perspicacia propia de la diplomacia y política y también del buen ejercicio periodístico. El juego obligado es de claridad estratégica en unos, prudencia en otros, y visión del conjunto de unidad en lo fundamental.

Son muchos los capítulos que vienen por delante. La presidencia de Donald Trump apenas inicia, y México muy pronto estará en la dinámica política propia de la sucesión. Es fundamental que a pesar de las diferencias, de la competencia por el poder y el anhelo ciudadano propio de la renovación, no se trastoque lo que debe ser una política de Estado para encarar con éxito el desafío en puerta.

Son tiempos diferentes y esto obliga a una conducta distinta respecto al pasado. Así lo debemos hacer todos, especialmente quienes más poder e influencia tienen.

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