Paralaje/

Por Liébano Sáenz

La entrega a las autoridades norteamericanas del detenido Joaquín Guzmán Loera es un acto que tiene muchas implicaciones por el momento en el que tuvo lugar, pero del que nadie duda un saldo favorable. El país gana y el gobierno del Presidente Peña recupera iniciativa en la relación con el nuevo gobierno norteamericano y el Presidente Donald Trump. Es una decisión política, que tiene sustento legal.

La Presidencia tiene más recursos de los que suele considerar la opinión pública. También más limitaciones de lo que muchos suponen. Para México el arribo del nuevo gobierno en el país vecino es uno de los mayores factores de incertidumbre. No solo tiene que ver con negocios, comercio y migración, suficientes para preocupar y pensar con cuidado qué debe hacerse para cuidar los intereses del país. También de por medio está el tema de seguridad nacional. Los dos países tienen posturas diferentes en muchos temas, pero desde hace tiempo hay un entendimiento sobre la seguridad hemisférica y la de ambas naciones.

México no solo es un socio comercial o portador de la fuerza laboral que de siempre ha requerido la dinámica economía norteamericana; también ha sido un vecino leal en el mejor sentido de la expresión, por un sentido compartido de seguridad nacional. Los conflictos y las tensiones de la historia reciente entre los dos países se han resuelto civilizadamente; no siempre de manera equitativa por la asimetría económica, pero siempre ponderando la condición de vecinos y de socios.

Pero más allá de lo que hemos vivido, la realidad es de que hoy en día no hay certeza de lo que habrá de ocurrir con el Presidente Trump. Para todos es una sorpresa. Todo se puede esperar. Su origen, formación y el sustento político que lo llevó al poder desafía al sentido común y a los principios compartidos de la política. Ha llamado al gobierno a personas de talento y prestigio, pero muchas de ellas sin la familiaridad propia de la política o incluso sin experiencia en el servicio público. Lo nuevo de ahora son los perfiles que contrastan con los gobiernos previos, y también porque son muchos los que presentan tales características; gente venida de las grandes corporaciones o de los sectores sociales más conservadores.

Hay que considerar también que la incertidumbre no se limita a la relación comercial o migratoria. Lo más grave y más serio, quizás de poca atención en el país, se refiere a la paz mundial y a la seguridad hemisférica. Del nuevo Presidente sorprende a propios y extraños su ligereza en muchos temas fundamentales. Hay verdadera preocupación en el mundo por el cambio que pretende impulsar, quizás sin deparar en su viabilidad y en sus consecuencias.

Precisamente por ello, la entrega de Joaquín Guzmán Loera es una de las decisiones de estrategia que permiten recordar a la opinión pública norteamericana, al Congreso –factor de considerable influencia- y a los sectores de poder, que México no solo es un productor de bienes y exportador de mano de obra, también es un factor importante en la seguridad de ese país y que por lo mismo no se le puede tratar a la ligera ni con descuido.

Fue un acierto del Presidente Peña Nieto que la extradición ocurriera en el gobierno del Presidente Barak Obama. Así es no solo como reconocimiento a un amigo y aliado generoso. También es corresponder a la insistencia de la Procuradora Loretta Lynch, quien había requerido en privado y público la extradición del delincuente. Con la extradición, se corona una historia: Obama concluye su Presidencia, y en perspectiva hay un gran acontecimiento que marcó su administración, el aniquilamiento del autor intelectual del ataque del 11 de septiembre de 2001, Osama Bin Laden. Gracias a México, la administración Obama cierra y lo hace con otro evento significativo: someter a proceso en suelo norteamericano al delincuente más buscado.

En el contexto internacional también México gana mucho con la decisión tomada. Quizás para muchos el camino obligado hacia el nuevo gobierno era la confrontación y la respuesta frontal. Hacerlo sería igualarse en términos de la civilidad a la que están obligados todos los jefes de Estado. Solo Donald Trump, Nicolás Maduro o los representantes de los regímenes totalitarios rompen con este principio de la política. Bien se ha dicho que la diplomacia es la continuidad de la guerra solo que por otros medios. El acto del Presidente es una acción que reivindica al país y a su gobierno de cara a un escenario inédito por las características singulares de quien llega a la Presidencia.

También es importante para las agencias norteamericanas y especialmente para las de inteligencia que han sido inexplicablemente golpeadas por el nuevo presidente, la entrega del criminal. En un momento crítico para éstas, quizás el más grave de toda su historia, un caso fundamental para éstas llega a su parte terminal, esto es, llevar a la justicia al inculpado de invadir con drogas su país, de lavar dinero y también de conspirar en territorio norteamericano para secuestrar y enviar a México personas para asesinar o ser asesinadas y armas.

Los dichos de un detenido poco valor tienen. Es inevitable la especulación ociosa de lo que podría decir Joaquín Guzmán en el afán de lograr gracia de sus perseguidores. Por ello debe haber reserva de sus declaraciones. Las autoridades mexicanas y norteamericanas deben ratificar la voluntad de cooperación y entendimiento, como ha ocurrido en los últimos años para hacer frente al crimen organizado.

La extradición es un expediente extremo que en otros países ha generado problemas serios por la resistencia de los delincuentes. En la primera reaprehensión de Joaquín Guzmán no se respondió con sensibilidad a la solicitud de las autoridades norteamericanas, bajo la tesis de que los delitos cometidos en México debieran ser ejemplarmente sancionados. La segunda fuga puso en entredicho a las autoridades, las que afortunadamente pudieron reaprehenderle. La decisión de las autoridades no era extraditar o no, sino el momento en el que tuviera lugar y el mensaje que causaría. Con la extradición, México responde al nuevo gobierno. Una decisión de altura, trascendente y que pone en buen lugar a la diplomacia mexicana.

Compartir

No hay comentarios

Dejar respuesta