La gente ha perdido las certezas

Con solidaridad y respeto a Miguel Angel Yunes Linares, Héctor Yunes Landa y Pepe Yunes Zorrilla

Francisco Cabral Bravo

El ánimo está herido. Desde los incómodos hasta los indignados, pasando por el enojo, la frustración y el hartazgo. Si bien este mal ánimo se recrudece frente a la política y diversas instituciones, sería un autoengaño creer que no se contagia a todos los entornos que vivimos: la empresa, las escuelas, la comunidad, las iglesias y las familias. Las relaciones de pareja y de amistad sufren de una manera o de otra esta cadena de frustración y enojo.

No es una exageración decir que la humanidad vive la coyuntura más significativa en cuando menos los últimos 50 años.

La crisis económica de 2008, de la cual estamos viviendo la secuela, no es consecuencia de los “abusos del Wall Street”, como se explica en forma simplista e irresponsable, es la culminación de décadas de deterioro en el poder adquisitivo de la clase media que se compensaron primero con la inclusión de las mujeres a la fuerza laboral, y luego con contratación de deuda, hasta que reventó.

Ante la imposibilidad de retomar el camino previo, se ha vuelto evidente el abismo entre la estructura del empleo, la de las prestaciones sociales, las necesidades de una economía que enfrenta la revolución más importante en qué y cómo producir de los últimos 200 años (la llamada “Revolución tecnológica”), y los sistemas educativos rígidos que no se han adaptado a un entorno cuyo cambio se acelera, por lo cual no ha podido dotar a suficientes jóvenes con habilidades y herramientas que el nuevo mercado laboral demanda.

Se nos agota el tiempo. El contraste entre un mundo que evoluciona a la velocidad de la luz y el brutal estancamiento educativo de nuestro país nos condenará no solo a un subdesarrollo perenne, sino a un deterioro seguro; conforme nuestra numerosa juventud envejezca.

Nuestro crecimiento poblacional bajará hacia niveles de países industrializados. Si la fuerza laboral no crece en una economía, la única alternativa para crecimiento económico es que la población existente se vuelva más productiva, ya sea porque está mejor educada o porque hay inversión de capital efectiva.
Mientras que escribo esto, el gasto público en inversión es el menor en casi 70 años en México.

El reciente y estruendoso fracaso de una reforma educativa que en mi opinión era un tímido esfuerzo por cerrar una brecha que crece día a día entre el nivel educativo en México y el del mundo desarrollado nos debe llevar a plantearnos una especie de “Ave María” en la que por desesperación nos lanzamos tras de una medida que realmente “cambie el marcador”.

Elevar la calidad educativa es, sin duda, un propósito enconmiable, además de indispensable para sobrevivir y prosperar como colectividad independiente. El problema es cómo hacerlo realidad.

Cómo traducirlo en suma, en decisiones puntuales y procesos política y administrativamente operables capaces de detonar los cambios de conducta requeridos para que los niños y los jóvenes mexicanos consigan tener mejores vidas y contribuir a que todos tengamos un país más vivible y posibilitador.

La incomodidad que está más relacionada con la exigencia de modificar nuestros hábitos frente a la velocidad de cambio, que nos impone, por ejemplo, la tecnología.

Nos incomoda no terminar de dominar un proceso cuando ya tenemos que entender otro. Millones de mexicanos aprendimos a hacer las cosas de una manera y así avanzamos y logramos movilidad social.

Si bien las redes sociales nos permiten vivir en tiempo real lo que sucede a millones de kms. de distancia, también ha generado expectativas geométricas y una frustración que puede ser enorme cuando nos percatamos de que, más allá del esfuerzo que realicemos, esos mundos resultan inalcanzables.

Hay razones a nivel “macro” que tienen que ver con la perdida de certezas de nuestro entorno. Aquí la corrupción e impunidad han hecho su parte y son poderosas causas de indignación.

Hay también razones “micro”, aquellas que nos afecta en lo cotidiano. La incertidumbre y miedo de transitar algunos caminos así sea a la luz del día.

Renunciar al entretenimiento familiar porque las condiciones no lo permiten. La indignación de vivir con compromisos incumplidos y que ello provoque que nuestras promesas y metas con las personas que más amamos se pongan en riesgo.

El ya no saber cuántos años se deberán trabajar para lograr una jubilación. La mayor dificultad para construir y conservar un patrimonio. La desconfianza en autoridades y también en vecinos.

El no saber si los niños tendrán clases. Un día antes de enviar este artículo, me enteré de una nueva modalidad de extorsión, encañonar a mujeres en supermercados para obligarlas a pagar mercancías.

Algunas reflexiones: casi la totalidad de las respuestas tiene que ver con nuestra vida cotidiana, con lo que nos sucede a nosotros y nuestras familias. En las respuestas se refleja, en diversos grados, una pérdida de certeza, libertades, oportunidades, de presente y de futuro.

También hay espacios de autocrítica, especialmente cuando algunos hacen referencia a su enojo frente a la indiferencia o confort en grupos ciudadanos. Habrá quien considere que este listado es por demás pesimista; sin embargo, estas respuestas nos acercan a las razones que han herido el ánimo de miles y miles de ciudadanos.

Más actuales las palabras de Felipe González, expresidente de España imposible: “la tarea más importante de un líder es con el ánimo de su gente”. Si es bueno deberá fortalecerlo, si no lo es, deberá escucharlos y actuar en consecuencia para transformarlo.

Son voces urgentes para quienes, desde su entorno y comunidad, tienen capacidad de liderazgo porque si el ánimo está enfermo, si el alma se lastima, las consecuencias más temprano que tarde serán aún más dolorosas y probablemente irreversibles.

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