Luis Soto /

Perplejos se quedaron los especialistas en asuntos bilaterales con Estados Unidos cuando se enteraron que el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, está dispuesto a aplicar la “estrategia Ponchito” en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con nuestros principales socios comerciales, la cual consiste en “levantarse de la mesa”, si aquéllos quieren imponer aranceles a los productos mexicanos que les vendemos.

Inmediatamente surgieron los seguidores, por no decir “paleros”, del señor secretario para aplaudir su postura que calificaron de fuerte, audaz y valiente (como “Pancho Pantera”), y además digna y honesta.

A los entrevistadores de Bloomberg, bisoños al fin de cuentas, no se les ocurrió preguntarle al funcionario mexicano por qué en otras negociaciones comerciales con los mismos vecinos no ha mostrado esa actitud, sino por el contrario; ha accedido a todas las peticiones de aquéllos, a pesar de flagrantes violaciones al Tratado de Libre Comercio. ¡Pruebas, pruebas!, podrían pedir Guajardo y sus colaboradores.

Además de los casos del atún, el aguacate, las papas, donde se presentaron controversias comerciales con Estados Unidos, existe un caso, ampliamente documentado, donde los negociadores mexicanos de la Secretaría de Economía no se atrevieron a enfrentarse dignamente a nuestros socios, y mucho menos se han “levantado de la mesa”.

Se trata de los llamados “Acuerdos de Suspensión” concertacesionado en 2014 entre México y Estados Unidos, en donde estos últimos impusieron una serie de condiciones para las exportaciones de “polvito blanco” (también conocido como azúcar) al mercado norteamericano, a cambio de que no se aplicaran a industriales mexicanos aranceles, cuotas compensatorias o algo parecido.

Para no hacerles la historia larga, el Departamento de Comercio de Estados Unidos fijó cantidades, calidades, candados para distribuir en el mercado norteamericano, precios mínimos y máximos a los que se podía vender el producto; además de revisar los Acuerdos cada cinco años, no tanto para constatar si México estaba cumpliendo, sino para acomodarlos a la realidad de su mercado. Se fijó un volumen exportable de dicho “polvito” de 1.5 millones de toneladas por ciclo, que se respetó sólo en 2014/2015. Para el siguiente, “por sus calzones”, los vecinos lo redujeron hasta 1.2 millones, y ninguno de los funcionarios de Economía alzó la voz para quejarse de esta arbitrariedad.

En el ciclo 2016/2017, que está en curso, el volumen exportable se ubica prácticamente en la mitad, con las condiciones establecidas hace tres años, y el secretario Guajardo no se ha “levantado de la mesa” ni ha mostrado indignación por el asunto. Una de tres: anda en silla de ruedas y no puede hacerlo con la velocidad que se requiere, está tullido o se volvió sumiso. Pero independientemente de cuál sea la causa, muchos industriales y especialistas le han pedido que ante esas agresiones comerciales les responda poniendo aranceles a otros productos estadunidenses que importamos o, en el último de los casos, que prohíba su entrada al país. Pero ha tenido miedo de hacer algo.

¿De dónde sale ahora “Ponchito” tan valiente?, preguntan los perplejos.

Otro funcionario del “gabinete del México próspero” que salió con una “puntada” como la de Ildefonso Guajardo fue el secretario de Agricultura, José Calzada Rovirosa -quien dicho sea de paso no participa directamente en las pláticas comerciales con Estados Unidos- declaró: “El campo mexicano no es ficha de cambio en ninguna negociación comercial presente o futura”. ¡Qué bárbaro!

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