POR LA VERDAD Y LA CONFIANZA

Dra. Zaida Alicia Lladó Castillo/

Al ver tantos excesos, arrogancia, corrupción e impunidad todos los días relacionado con personajes de la vida pública—tanto en mi país como en el mundo–, en donde hoy aparentemente pensamos que ya está todo escrito o dicho en materia de vanidades, egocentrismos, ilegalidad, corrupción o degradación de los personajes con poder—sea cual sea el espacio donde operen– mañana sale un golpe mediático nuevo que nos deja con la boca abierta, lo que me obliga a retomar un tema en el que ya hemos reflexionado: la psicopatología del poder o la psicopatología de los políticos.

La psicopatología del poder, es una visión científica interdisciplinaria que une los conocimientos de la Psicología, la Psiquiatría y la Medicina (Patología), que estudia las causas de los cambios “anormales” en los comportamientos, que no son explicados dentro de los cánones tradicionales de quienes operan la política o la función pública y que hacen que las personas ambicionen el poder en forma desmedida y entren en una inercia de descomposición progresiva, cayendo finalmente en desequilibrios y padecimientos neuróticos o psicóticos, resintiéndose sus efectos—daños provocados por excesos, abusos, intensiones perversas–, tanto al interior de la propia persona al entrar en la inercia patológica, como a su alrededor: seguidores, representados, instituciones y/o sociedad en general.

La historia está llena de personajes y líderes–algunos muy inteligentes–que ambicionaron dinero pero sobre todo poder y, cuando lo ejercieron, lo tomaron para externar frustraciones y/o para satisfacer su voracidad económica y de sus allegados o como una plataforma para convertirse aparentemente en seres omnipotentes. Otros buscaron el bien común, pero a base de la destrucción del enemigo, sin mediar acuerdos, sólo buscaron vencer y vengar. Y ahí nos viene a la cabeza Maquiavelo.

Maquivelo, (Florencia 1469) en su obra El Príncipe, describió la forma de gobernar en la búsqueda del bienestar y seguridad de los ciudadanos, sin tener en cuenta los principios éticos o morales. Es decir, para el autor todo era válido siempre y cuando se buscara el bien de los súbditos—por eso se le atribuye la frase: “el fin justifica los medios”–. Según Maquiavelo, el político debía ser una persona hábil, con capacidad para manipular y destreza para adaptarse a cada momento histórico. En conclusión para él, al político se le valoraría por su eficacia, no por su virtud.

Por el contrario, si vemos a la política como el arte de gobernar sobre bases morales, está Tomas Moro (1478-1535). Moro, describe en La Utopía un estado ideal, donde lo esencial es la familia, defendiendo una sociedad agrícola en contra de una sociedad consumista. No existe propiedad privada y rige sobre todo la libertad y la tolerancia religiosa. En este contexto, el político es un hombre virtuoso que respeta ante todo a los ciudadanos y lucha con medios lícitos por su bienestar.

Es decir, Tomás Moro personifica a la figura idealista y Maquiavelo la esencia amoral, siendo dos formas o estilos extremos de entender y ejercer la política. Pero existen muchos otros modos y perfiles patológicos que cubren los dirigentes y políticos: paranoides, narcisistas, histéricos, psicopáticos, etc., con sus respectivas mezclas, que surgen de acuerdo a las situaciones y circunstancias que éstos, en el propio medio social o político, van construyendo.

Jorge Tizón, en su libro de “Psicopatología del poder” , analiza la personalidad de los políticos con enfermedades mentales, reflexionando sobre las crisis que derivan en lo que él llama las perversiones y corrupciones estructurales de la sociedad actual, desde una perspectiva no habitual, que tiene en cuenta los conocimientos y los puntos de vista psicológicos, psicosociales y antropológicos.

Tales perversiones y corrupciones estructurales, Tizón se las atribuye al medio, es decir, a los eventos culturales, sociales, económicos y políticos que entran en transes extremas deformando los valores y principios de respeto y responsabilidad entre personas y para con las instituciones. Es decir, la descomposición o “crisis económica”, deriva en una crisis social porque afecta la formación desde la familia, dando prioridad a la sobrevivencia por sobre los valores y formas éticas de educar. Y por otra parte también afecta a la política porque, la propia moral de la sociedad se desvirtúa, convirtiendo a esos en una “selva de lobos”.

¿Pero cómo actúa esa selva de lobos? De esas crisis mencionadas, surgen las deformaciones–individuales, de grupo o de masas–, resultado de lo que Tizón llama “organización relacional”, que establece la vinculación entre la degeneración permanente y progresiva de modelos viciados en el medio y la carencia de comportamientos éticos, que hace predominar estereotipos de supremacía –desde la familia, la escuela, el trabajo, la comunidad –, y sus efectos en la sociedad consumista que lleva a la competencia económica, social y política. Entonces el dinero y el poder, se convierten en reforzadores generalizados e incentivan las ambiciones desmedidas, buscando algunas personas alcanzarlo por encima de todo y de todos, de ahí que se anhelen las posiciones políticas, por lo que éstas representan.

Esa “organización relacional”, los políticos o los poderosos las estructuran a su conveniencia para sacar el mayor provecho, de ahí que se generen fenómenos como: a) la trasgresión de las normas legales e institucionales a favor de intereses individuales y de pequeños grupos (corrupción, tráfico de influencias, etc.) –, b) se fomentan las “castas extractivas”–élites de políticos que especulan con los recursos públicos y los sustraen discreta o abiertamente y c) las estructuras perversa, es decir formas de organización estratégicas para delinquir, que persiguen perpetuar situaciones en su beneficio. Esos “seudo-equipos”, pretenden eternizarse en el poder como forma de sobrevivencia para no perder los privilegios, por eso buscan heredarlo, para lograr continuidad y conservarse vigentes e impunes. Luego entonces, el servidor público que se deja llevar en esa inercia de descomposición, entra –consciente o inconscientemente—en una psicopatología, pues tiene diversas motivaciones para trastornarse y enfermarse.

Pero, tras un político o política “enfermos”, hay gente que refuerza las conductas negativas. Puede ser la pareja o un “equipo”. Y pongo como un mal ejemplo a Javier Duarte y su esposa. Cuando un individuo llega a tener los alcances como los que ha hecho evidentes el exgobernador, es porque existe una enfermedad compartida y eso no es algo que nace de la noche a la mañana, una buena dosis la trae cada quien en su historia, cuya semilla creció con el tiempo y los unió porque compartían intereses, en un solo propósito: saciar ambiciones y excesos. En ese tipo de relaciones las emociones honestas se diluyen, al final, solo quedan acuerdos psicológicos para conservar el estatus y/o el acompañamiento para seguir en el negocio. Algo así al estilo de “Bonnie and Clyde”, famosos fugitivos, ladrones y criminales de Estados Unidos que entre 1934 y 1938 fueron considerados “enemigos públicos”. Es decir, el político enfermo-hombre o mujer-, nunca actúa solo, no puede, porque en el fondo es muy frágil y vulnerable, por eso necesita un cómplice o cómplices.

Pero volvamos a la Psicopatología del poder. De acuerdo a lo anterior surgen 3 aspectos a estudiarse: A) los perfiles de los políticos “enfermos de poder”, que –como antes decíamos–tras de ellos siempre hay una historia de desarrollo, lleno de aprendizajes y modelos donde han prevalecido los antivalores –independientemente que hubieran nacido en familias con posibilidades económicas o no–, pero donde si han existido modelos en el seno familiar, donde se enaltece el valor de la persona a partir de lo “banal” o material y no el fortalecimiento de lo emocional y espiritual. B) El análisis del comportamiento de los grupos que se adhieren y que conforman una gavilla perfectamente organizada para tramar y lograr desde el poder, sus planes; y C) lo factores medioambientales que propician los llamados “duelos de la sociedad” que se refiere a esos aspectos que han lastimado a los ciudadanos y que no han sido resueltos.

Es decir, la sociedad carga la frustración y el dolor de quienes la han dañado en el pasado y presente y, al no hacerse justicia y sí ver que todo sigue igual o peor, hace que el malestar social se polarice en tres posiciones: a) dé cabida a la rebelión de las masas o, b) lleve a los individuos a imitar a los poderosos –tomando como base los malos modelos—aprendiendo a delinquir y asegurar impunidad; o, c) llevar a las sociedades a lo que se denomina “habituación”, ver como algo natural el robar, manipular, incluso asesinar.
Hannah Arendt describe esto último en lo que llama la “banalidad del mal”, es decir, “lo abyecto convertido en algo rutinario y desapasionado (banal)”, entre otros elementos que confluyen en las sociedades modernas. Por ello se dice que cualquier medio donde prevalezca el poder político o económico, crea transformaciones impredecibles en algunos individuos.
Continuará

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